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19 Enero 2021 • Medio Ambiente

¿Han bajado los índices de contaminación con el parón de la covid-19?

En apenas unos meses de desconexión, la naturaleza ha demostrado su potencial para regenerarse. Pero si no tomamos medidas para sostener el equilibrio medioambiental, todo podría quedar en un espejismo.

En Barcelona, el departamento de Medio Ambiente de la Generalitat de Cataluña informó de descensos en los niveles de CO de hasta el 75%

Al retomar la actividad económica, EEUU y China tomaron medidas para recuperar plantas de carbón y rescatar a las empresas petrolíferas

Por Ramón Oliver

Ha tenido que llegar un virus indeseable para evidenciar una de esas verdades incómodas que, en realidad, todos conocíamos, pero muchos se negaban a admitir: la actividad humana tiene un efecto devastador para el planeta. Y no hablamos solo de emitir vertidos tóxicos, destruir ecosistemas con fines económicos o cazar indiscriminadamente especies en peligro de extinción. El simple y legítimo hecho de poner en funcionamiento una fábrica, encender las luces de un complejo de oficinas o coger un coche particular de combustión fósil para ir a trabajar compromete nuestro futuro. Pero si alguien seguía empeñado en negar la mayor, solo tuvo que asomarse a la ventana de su casa durante los meses de confinamiento estricto de 2020 para comprobar cómo el cielo se teñía de un desconocido azul que la mayoría solo habíamos visto en los folletos vacacionales de las agencias de viajes.

En grandes capitales como Madrid –donde los niveles de contaminación atmosférica son especialmente elevados–, la tenebrosa boina grisácea que acostumbra a coronar el skyline urbano se evaporó como por arte de magia en los meses de marzo, abril y mayo del año pasado. Una consecuencia directa del drástico descenso de emisiones de CO2 propio del pulso cotidiano de la ciudad. Con el transporte y el comercio bajo mínimos, las grandes urbes adquirieron un aspecto fantasmal… y sorprendentemente limpio. El Ayuntamiento de Madrid estima que, durante el primer estado de alarma, las emisiones de efecto invernadero descendieron un 57% en el núcleo urbano. Por su parte, en Barcelona, el departamento de Medio Ambiente de la Generalitat de Cataluña informó de descensos en los niveles de CO de hasta el 75%.

En todo el mundo, el confinamiento le otorgó un visible respiro al planeta. Los ciudadanos de Venecia redescubrieron los canales de su propia ciudad, inusitadamente claros –literalmente, se podía ver lo que había bajo la superficie– y vacíos de turistas. La ausencia del turismo masivo –su parque natural recibe medio millón de visitantes cada año– también trajo beneficios para ecosistemas como el de las cataratas de Iguazú entre Brasil y Argentina, en las que la vegetación recuperó su espacio natural. Allí, mapaches y monos dejaron de alimentarse de la comida insalubre que les lanzaban los humanos y regresaron a los bosques en busca de su dieta natural compuesta por fruta e insectos.

Estos efectos extraordinarios, visibles a simple vista en apenas unos meses de desconexión, vienen a demostrar que revertir la deriva destructiva en la que nos hemos embarcado todavía es posible. Solo ha sido necesario que nosotros hayamos pisado levemente el freno –forzados por las circunstancias, eso sí– para que la naturaleza nos muestre su mejor cara. Pero, cuidado. Porque todo podría quedar en espejismo. Ya hay quien habla de efecto rebote y de vuelta a las andadas. De hecho, en cuanto se pudo retomar la actividad económica, grandes potencias como Estados Unidos y China tomaron medidas urgentes para recuperar plantas de carbón y rescatar a las empresas petrolíferas.

No deberíamos seguir esa senda. Volver a la casilla de partida no debe ser una opción. Tenemos una oportunidad única para aprovechar este punto de inflexión e imprimir un giro planetario hacia la sostenibilidad. Quizá nuestra última oportunidad. ¡Aprovechémosla!